lunes, 23 de abril de 2012

La máscara de la sociedad.

Suena el despertador; ya es por la mañana. Se despierta lentamente, está cansada. Camina torpemente con las únicas fuerzas que le quedan hacia el espejo más cercano. Ya en frente, ve a un ser idéntico a ella, pero no lo reconoce. Sus ojos, llorosos, miraban tristemente a la persona que se encontraba al otro lado mientras sus labios permanecían mudos gritando su nombre. Era como si se estuviese implorando ayuda a sí misma en una cruenta batalla contra su existencia, como un grito de socorro ahogado entre sus lágrimas. Ayer era una chica decente, que a pesar de ser invisible para los demás era feliz. Pero no soportaba ver en lo que se había convertido ahora; una pequeña rebelde llena de prejuicios, amante de la superficialidad y fiel a la manada, aquella que la convirtió en una chica fácil, del montón, de esas que aparenta la personalidad que siempre ha repelido. Ya no podía ser calificada como persona siquiera. Su forma de ser había cambiado por completo, y aquellos que creían conocerla ya apenas le consideraban como la de antes. Era para todos una desconocida, un rostro más entre los rostros, una sombra más en la oscuridad. Ya no era la misma de antes, y lo supo desde el primer momento en el que le ofrecieron su mano para dejarla caer al vacío; como un contrato con la maldad personificada, como un rayo de esperanza que causa ceguera, como el más inocente caramelo que se convierte en una droga que te obliga a actuar como quien no eres ni quieres ser.
Iba perdiendo todo lo que una vez fue, y lo que alguna vez quiso ser. Perdió la verdadera amistad, el amor irracional que sentía su otra mitad por ella, todo aquello que siempre le hacía sonreír y que sustituyó por ser una más en el mundo. Vendió su alma a cambio de un chute de adrenalina a manos de la sociedad, se puso al borde del abismo sólo para comprobar lo confortable que era la sensación del viento acariciando su piel y acabó hundida y sin fuerzas. Pensándolo bien, ella sabía que el resto limitó sus ideas y devoró sus principios como si de una fiera se tratara. Confundieron su ideología sobre el bien y el mal, e invirtieron todo aquello en lo que siempre creyó. Una vez más, el animal fuerte se adueñó del indefenso y lo atrajo a un mundo lleno de confusión, a un mundo en el que todos eran clones de la indiferencia, todos llenos de errores sin corregir, presos de una sociedad en la que sólo importaba aquello que entraba dentro de sus propios intereses. Se vio convertida en aquel ser despreciable al que odiaba, a aquel ser que le llenaba de ira, y eso le aterraba. Tenía miedo de ser otra alimaña, otro líder en el lado equivocado, otra confusión en medio de tan poco conocimiento. Temía convertirse en todo lo que siempre había odiado, pero ya era tarde. Así que, tras pasar por ese estado de reflexión, tras pensar en qué demonios estaba haciendo con su vida, se dispuso a arreglarse como pudo, a ponerse aquella máscara que marcaba su nueva personalidad, y a salir por aquella puerta disfrazada con la falsedad que a los demás parcialmente les gustaba, pero que a ella le corrompía en todos los sentidos posibles.

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